Tan pronto como bajé del colectivo el cambio fue abrupto. La
estación, la plaza aledaña reverdecía mi vista cansada. Camine cuesta arriba
unas cuadras y el calor finalmente llegó. Hacía horas que la temperatura
superaba los 30°C pero no hubo tiempo para preocuparse por eso antes. Las casas
se hacen familiares y cada detalle de ellas parece brillar más que antes.
Altos muros, puertas indemnes, jardines frondosos, flores
multicolores, mascotas con collares bien alimentadas, calles asfaltadas casi
limpias, niños vestidos…
El contraste era tan evidente, ¿Cómo no lo había notado
antes? ¿O si lo había hecho?
Ciertamente, la memoria es selectiva y la conciencia tan
sabia como engañosa. Ese contraste tan sorpresivo y familiar a la vez, lo había
visto tantas millones de veces como había abierto los ojos desde que nací. La
fastuosa capacidad de adaptación del ser humano hace que todo, a la larga, se acepte
así, como se lo ve.
Estos escenarios tan disimiles de alguna manera, coexisten
y se ignoran entre sí. Tan grande es el deseo de ignorarse que empiezan a
erigirse las barreras. ¿Cuál es más significativa? ¿La barrera física: el muro
de ladrillos, la reja, la puerta blindada o la barrera intangible de la mente
que nos mantiene cautivos en la comodidad de nuestra normalidad?
¿Qué se puede decir de un terreno enorme, en el sur del
conurbano, lleno de casillas, caminos improvisados, animales sucios y zanjas
llenas de basura? ¡Ah, sí! En ese lugar viven miles de familias, más miles de
personas.
Ese lugar olvidado, desdeñado, apartado de todo, es la casa,
el hogar de mucha gente.
Nosotros, como grupo, llegamos, hacemos y nos vamos.
Volvemos a nuestro lugar lejos de aquel caos. Comemos, nos abrigamos y nos
dormimos. Parece tan simple y básico, pero desde otra perspectiva, es crucial
cuando no se accede a tanta simpleza.
Me fui pensando, volví pensando y no dejé de pensar desde
entonces. ¿Podría yo vivir en esas condiciones? ¿Qué hubiera pasado si hubiera
nacido allí? ¿Qué mantiene a esas personas, tantas, en tal estado? ¿Qué nos
mantiene a nosotros tan pasivos frente a
eso? Las respuestas son pocas y torpes. Esos pensamientos rumiantes que nos
dicen que tenemos que hacer algo terminando siendo intrusivos y molestando;
tanto molestan y duelen que los callamos y esperamos el próximo brote de
conciencia para volver a acallarlo.
Es tan poderosa la forma en que se sostiene el equilibrio de
la injusticia que deja de ser una variante para convertirse en la forma en que
la vida es y así la aceptamos desde que nacemos hasta que morimos.
No cabe más que asombro hacia la forma en que nos
convencemos de la necesidad del status quo y de la imposibilidad del cambio. ¿Quién
nos convenció de que debemos vivir descontentos? ¿No habían abolido la
esclavitud? Nadie se percató de la esclavitud mental que reina para convencer a
la masa crítica de pisar al que está abajo para intentar darle la mano al que
la mira desde arriba. El que osa mirar desde arriba, jamás tenderá la mano a quien pretende alcanzarlo.
Eso ya deberíamos haberlo aprendido.
El capitalismo salvaje encuentra débiles presas producidas
por el mismo sistema. En forma cíclica nos envuelve con ideas de libre mercado
que dibujan una libertad estrictamente delimitada por el poder opresor. Una
mera ilusión de libertad.
El mercado produce obscena cantidad de artilugios de distracción.
Cosas, cosas y más cosas. Adornos mínimos para una vida hueca. Otra vez,
espejitos de colores.
“Ser es tener”; es la clasificación más estúpida pero domina
por su fácil aplicación: Quien tiene puede ser, quien no tiene no es ni será
nunca. Y si pretende ser, ¡pobre!, el
sistema se encargará de impedirlo. El equilibrio de la injusticia debe
permanecer intacto.
En estos términos ser revolucionario es muy simple. Basta
tan sólo con romper la rutina y aprender a mirar de nuevo. Basta con saberse
tan humano como el otro, tan explotado y a la vez tan luchador como quien se
sienta a mi lado en un colectivo. Basta con deshacernos de nuestros mecanismos
de defensa, tan primarios ellos, que nos
llevan a identificarnos con nuestro agresor y a reproducir, en otros más
débiles, sus vilezas. Basta con pensar y volver a razonar como cuando niños.
Basta con preguntarse en voz alta “¿Por qué esto es así?”.

¿No es simple? Si no podemos hacerlo nosotros que nos
ufanamos de tener educación, de ser respetuosos, de tener valores… ¿Qué valores
tenemos si enjuiciamos sin pensar, si condenamos sin saber nada, si
despreciamos con sólo observar desde lejos, si insultamos gratuitamente y con
el pecho inflado? Si eso hacemos nosotros, la masa crítica, inteligente,
educada, harta de información… ¿Qué podemos pretender de quiénes no tuvieron la
suerte de heredar tales gracias?
Desdichados de nosotros que no podemos mirar a los lados y
establecer lazos sin aferrarnos a las cosas, por si las dudas. Penosa nuestra
vida mirando hacia arriba, esperando migajas para presumirle al de abajo
mientras lo pisoteamos. Un desperdicio pasar los días acumulando posesiones creyendo
que nos harán felices, respetables o que llenarán nuestros vacíos. Triste es
pensar en morir sirviendo al consumo, haciendo nada por los otros, repitiendo
los discursos chatos del poder creyendo que así soy un ciudadano “de bien”, sin
pena ni gloria cumpliendo con todos los mandatos sociales, todos los cánones
preestablecidos por vaya uno a saber quién, como si nos fueran a dar un
reconocimiento, una medalla y como si eso sirviera de algo.
Romper con las imposiciones inútiles y adueñarnos de nuestra
propia vida es nuestra mayor deuda. ¿Hasta cuándo?